Javier, la vida de un limpiabotas asturiano en el Café Central

Decía Jean Paul Sartre que la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno hace. Teniendo esa frase como principio, Javier Castaño, de 48 años, puede considerarse un hombre feliz o, al menos, alguien que lucha por serlo. Lo es levantándose todas las mañanas dedicándose a un oficio tan tradicional como poco comprendido. Y lo es poniéndole pasión a algo que, a priori, puede parecer monótono o aburrido. Ocupa una esquina de la terraza del Café Central con su banco artesanal y sus ‘arreos’ para limpiar los zapatos. Pese a ser una ‘estación’ vital obligada por esta interminable crisis económica, en ocho meses dice haber recogido más y mejores experiencias que en muchas de sus ocupaciones anteriores.

Arquitectura, delineación industrial, posicionamiento de páginas webs en buscadores… Muchos han sido los trabajos que ha desempeñado Javier en los últimos años. Pero de todos acabó desistiendo por las enormes dificultades que se encontraba en el camino. “Tuve muchos oficios que se fueron perdiendo o haciéndose complicados: los fotolitos, las casas de madera con la construcción, el SEO…”, explica mientras aguarda a que llegue el segundo cliente de una mañana tranquila. Había “mucha competencia” y hacerse un hueco era una tarea harto complicada.

Aunque desde siempre quiso ser limpiabotas, este asturiano de nacimiento ni se lo había planteado como un trabajo, sino más bien como un hobby. Hoy lleva ocho meses “comiendo con esto”. Pero, ¿qué le llevó a elegir esta opción? “En lo demás había mucha competencia y en esto no había cola: como venía de autónomo, no tenía desempleo ni ahorros y tenía que buscar una solución rápida para ponerme un plato en la mesa cada día”, reconoce con humildad.

En lo demás había mucha competencia y en esto no había cola: como venía de autónomo, no tenía desempleo ni ahorros y tenía que buscar una solución rápida para ponerme un plato en la mesa cada día

Perfeccionista para sentirse bien

Es extraño encontrar hoy a un limpiabotas en las calles de las ciudades. Se trata de un oficio que, de forma irremediable, va unido a una época pasada y que, incluso, refleja para algunos esa diferencia de ‘clases’ sociales. Javier no quiere ni oír hablar de eso y pone como ejemplo a países como Alemania u otros como Estados Unidos, donde está mucho más arraigado y valorado por la sociedad. Él no lo considera un agravio, sino un trabajo artesanal como otro cualquiera.

Javier Castaño, trabajando. / T.M.

La duda llega cuando se plantea cómo alguien con una experiencia tan dilatada en otros sectores, algunos de ellos muy técnicos, puede sentirse suficientemente bien con este trabajo como para sentarse a diario en su pequeño taburete. La respuesta llega al ver a Javier hablar sobre su tarea. “Me siento bien con cada zapato que limpio; hay algunos en los que no hay final feliz, pero siempre quiero que el nivel de exigencia para mejorar sea extremo”, afirma. Ese perfeccionismo lo lleva a cabo después de investigar por la red (tiene su teléfono móvil con internet siempre muy cerca) diversas técnicas, productos novedosos o ideas interesantes para renovar el oficio. Es la única manera que tiene de no perder la ilusión y la motivación.

Y, ¿por qué en el Café Central? Fue el único lugar céntrico en el que no tuvo excesivos problemas para establecerse. Intentó colocar su pequeño banco de trabajo en la Plaza de la Marina, pero eran muchos los permisos que había que solicitar al Ayuntamiento y desistió. También se planteó hacerlo en el Muelle Uno, pero no acabó fructificando. Finalmente habló con los propietarios del Café Central que lo recibieron bien.

Activo en las redes sociales

Porque Javier se ha convertido en alguien popular. El ‘boca-oído’ y su labor en redes sociales e Internet está dando sus frutos. No sólo tiene página web, sino que además tiene abiertas cuentas en Facebook y Twitter donde ofrece sus servicios y, además, encuentra algunos de esos ‘trucos’ que luego pone en práctica delante de cada zapato.

Tanto en estas plataformas como en el día a día de su ‘rinconcito’ en la Plaza de la Constitución, se siente valorado. “Curiosamente más que en el resto de profesiones que he tenido; me siento más realizado con los resultados y a nivel personal y humano no tiene nada que ver; cualquier cosa que haces desde el rol de limpiabotas tiene muchas más palmadas en la espalda”, reconoce entre sonrisas.

Curiosamente más que en el resto de profesiones que he tenido; me siento más realizado con los resultados y a nivel personal y humano no tiene nada que ver; cualquier cosa que haces desde el rol de limpiabotas tiene muchas más palmadas en la espalda

El 2012 toca a su fin. Es el año en el que abandonó la arquitectura o los ordenadores para limpiar los zapatos de los demás. Y también un año “muy enriquecedor a nivel humano y personal; como experiencia me lo paso muy bien, aunque no es para hacer fiesta porque tengo una situación económica limitada, pero estoy muy contento”. Lo dice justo antes de sentarse de nuevo en el taburete para dar brillo a otro par de zapatos. A la espera de algo mejor, él trata de ser feliz con lo que hace.

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Periodista. De origen jienense, pero con vida malagueña. El optimismo, mi mejor arma.

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