Cuando los niños colorean el barrio de Lagunillas de esperanza

  • Decenas de niños son atendidos por la Asociación ‘Fantasía en Lagunillas’ desde hace casi una década
  • No queda un centímetro de muro en los alrededores de la sede sin dibujar
Niños en un taller de pintura de la asociación. / T.M.

Niños en un taller de pintura de la asociación. / T.M.

Edificios vetustos, en los que el paso del tiempo y el abandono han dejado su impronta, salpican la calle Cruz Verde. Tonos demasiado grises en consonancia con las dificultades de un barrio castigado no sólo por la crisis económica. Es media tarde y no hay un gran bullicio. Mientras una mujer se dispone a pasear a su bebé empujando su carrito con cierto cansancio, varios vecinos se arremolinan a las puertas de una de las cafeterías más concurridas. Nada se sale del guión hasta que uno se acerca a la calle Altolozano.

Lo que antes eran tonos apagados se convierte en colores vivos, en mensajes de esperanza. Paredes repletas de dibujos optimistas contrastan con una realidad difícil. Un hombre sencillo, con una barba poblada y canosa y una media sonrisa en el rostro, camina alrededor de ese local. Es Miguel, el gran artífice de esta pequeña ‘revolución’ juvenil en el barrio. Es el promotor de ‘Fantasía en Lagunillas’, que lleva casi una década devolviendo sonrisas a los más pequeños e inculcando valores.

Pero para conocer el origen de esta historia hay que remontarse a principios de este siglo. Miguel es un pintor madrileño que, tras años en la provincia, está afincado en Las Lagunillas. En sus paseos por las calles del barrio frunce el ceño cuando ve a muchos niños pequeños sin ocupación alguna. Un día le pregunta a un grupo de ellos si les gustaría pintar y dibujar. La respuesta fue la esperada. Al momento, el artista tenía colocado a la puerta de su casa un pequeño mural y algunas pinturas para pasar el rato. Ese pequeño gesto se fue repitiendo día tras día en aquellos tiempos en los que de la crisis económica no había ni rastro, aunque sí de la pobreza y las dificultades de muchas familias de esta zona del centro.

Un lienzo en blanco

“No había nada para ellos y sólo estaban haciendo el tonto por la calle”, recuerda Miguel. Cuando vio la repercusión de ese pequeño gesto (decenas de niños se unían todas las tardes), entendió que había que continuar. Así, se puso en contacto con amigos pintores, escritores y maestros y fundaron ‘Fantasía en Lagunillas’. Era 2004. Se trataba sólo un paso formal, aunque todo seguía teniendo la misma esencia: juntarse en torno a un lienzo en blanco para dibujar y ocupar el tiempo con actividades. Tras constatar que necesitaban una sede, pues en los días de lluvia y frío se veían obligados a suspender el programa, ‘aterrizaron’ en el edificio de la Asociación de Sordomudos de Málaga en la calle Altolozano. Fue ahí cuando se comenzó un apoyo escolar continuado de todos los pequeños.

No había nada para ellos y sólo estaban haciendo el tonto por la calle

Un tiempo después lograron la cesión, por parte del Ayuntamiento, de la sede actual, en el número 1 de la calle Poeta Concha Méndez. Una sede que los lunes, martes y jueves está repleta de vida. Una treintena de niños de entre 5 y 12 años se dan cita por las tardes. La rutina está establecida: primero los deberes para, después, disfrutar con las manualidades y los talleres. Josep Karim lleva dos años acudiendo todas las semanas. Sonríe cuando se le pregunta por las notas: “Van bien y mis padres están contentos”. Le gusta practicar con la arcilla y dibujar. Lo mismo le ocurre a Ainoa que, con nueve años, reconoce haber hecho muchos amigos y haber disfrutado en el tiempo que lleva allí.

Esos dibujos no sólo se plasman en simples folios o cartulinas. Durante todo este tiempo, las paredes y fachadas de Las Lagunillas se han llenado de color con murales diseñados por Miguel y su equipo de monitores y plasmados por los más pequeños. “Siempre que vemos cualquier graffiti o tontería pintada en el barrio acudimos para pintarla”, explica. No es la única actividad que hacen, pues también llevan a cabo su particular semana cultural (la última fue en febrero en la Plaza de la Merced).

Educación en un barrio difícil

Miguel junto a la fachada de la asociación. / T.M.

Miguel junto a la fachada de la asociación. / T.M.

El fin último es claro: apoyar a los más pequeños no sólo en las tareas escolares, sino también inculcándoles valores. “Hay algunos especialmente difíciles… Por ejemplo, hay una niña que llegó diciendo muchísimas palabrotas y poco a poco y con las clases de apoyo ha mejorado muchísimo”, explica con satisfacción Elena Fernández, monitora de la asociación para clases de lengua, inglés y francés y esposa de Miguel. Para ella, es “muy reconfortante” participar en un proyecto como este.

No se trata de un barrio fácil, ni mucho menos, algo que para el colectivo se convierte en un reto. “Es un barrio muy difícil pero ahora está más tranquilo; sólo que se está notando mucho en el desempleo y en la carencia económica que existe”, recuerda Miguel, con cierto tono de tristeza. Una de las consecuencias de este golpe de la crisis económica ha sido una sorpresa y, a la vez, un descubrimiento: hijos de familias que, por circunstancias de la crisis, se han visto golpeadas por el paro conviven con niños con una vida familiar más desestructurada. “Aquí se unen los niños desfavorecidos con niños de familias normales que ahora les afecta la crisis y se mezclan perfectamente”, recuerda Elena.

Aquí se unen los niños desfavorecidos con niños de familias normales que ahora les afecta la crisis y se mezclan perfectamente

El voluntariado, decisivo

Una monitora junto a dos niños. / T.M.

Una monitora junto a dos niños. / T.M.

Todo este trabajo no sería posible sin el equipo de voluntarios. Pese a las dificultades para tener un grupo más amplio, hoy arriman el hombro de manera estable un grupo de siete monitores que no sólo se encargan del refuerzo escolar, sino también de otras actividades como la pintura, reciclaje, cerámica o teatro. Hay otras que están paradas, a la espera de la incorporación de nuevos voluntarios. “Es muy complicado depender del voluntariado porque en el momento menos pensado te ves desprotegido”, cuenta el presidente.

Aún así, existe un gran trabajo detrás. Una de esas voluntarias es Samara, una pintora plástica artística de 28 años que combina su trabajo atemporal en su oficio, con uno a media jornada en una floristería. Lleva un tiempo colaborando y ya no puede dejarlo. “Necesitas volver porque sientes que formas parte de eso y no te quieres deshacer, hay una responsabilidad moral que te queda”, explica. Aunque sea algo especial, los comienzos fueron duros. “Al principio choca mucho porque son niños muy complicados y te sorprende cómo te hablan y lo que te dicen”, admite, a la vez que reivindica la necesidad de una mayor colaboración ciudadana para lograr más recursos económicos y materiales.

Pese a esas dificultades, todos coinciden en que no pueden vivir sin esto. “Uno se siente muy realizado y, al final, acaba enganchándote…”, reconoce Lola García, arquitecta que trabaja en su sector a media jornada y lo combina con su tarea en el colectivo.

¿Y el futuro?

Cuando a todos se les pregunta por el futuro no piensan en nada más que no sea continuar con esta labor. Miguel sigue concentrado en lograr más voluntarios para poner en marcha más actividades y más recursos. Ya piensa en colocar una red wifi y algunos ordenadores para introducir a los pequeños en internet.

Muchos niños que hace años pasaron por la asociación hoy ya son adolescentes a los que “les ha quedado un poso y a los que se les ha ayudado para llegar a sus casas y transmitir otros valores”. Quizá algún día, ellos se conviertan en monitores de los más pequeños y enseñen lo que a ellos le enseñaron. Mientras tanto, los niños siguen coloreando de esperanza las vetustas paredes del barrio de Las Lagunillas.

Nota: Adjuntamos el cortometraje dirigido por José Roberto Vila y Alberto Jiménez sobre la asociación.

Sobre el autor

Redactor

Periodista. De origen jienense, pero con vida malagueña. El optimismo, mi mejor arma.

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